Una nueva legislación


Tenían cadena perpetua por crímenes horrendos. Como si quisieran hacérselo más difícil, la esperanza de vida al nacer ya estaba superando los cien años. Llevaban veinte de condena efectiva cuando una noche apareció un hombre que los invitó a la fuga a cambio de un favor que sólo ellos podían cumplir. Entraron a una cabina hermética en la que los esperaba un arsenal de armas ligeras, chalecos antibalas y cascos con micrófonos y auriculares. Del otro lado de una pared blindada el desconocido activó los controles. La cabina empezó a vibrar y levantó temperatura hasta casi cocerlos vivos. Minutos después se detuvo y se activó un refrigerador que estabilizó la temperatura tan rápido que el corazón casi se les para. Alguno de ellos tuvo esa esperanza por un momento, pero ni siquiera perdieron la conciencia.

            La puerta se abrió. Armados hasta los dientes, salieron al mismo lugar por donde habían entrado, salvo por esa sensación epidérmica que les decía que algo no estaba en su sitio. Todos lo sintieron, nadie lo dijo. Por los auriculares recibieron el zumbido de la voz metálica del desconocido que los guió paso a paso desde los monitores hacia el objetivo, recordándoles con cada detalle apuntado que la vigilancia que pesaba sobre ellos era absoluta. Se movieron por cloacas subterráneas usando las linternas de sus cascos. Al más viejo se le cruzó un reptil que parecía mitad cocodrilo y mitad serpiente. Dio un grito y les advirtió a los demás, pero recibió una descarga eléctrica en todo el cuerpo y un recordatorio en el auricular con la prohibición de hablar entre sí.  Recibieron la orden de subir por una escalerilla que los llevó a un depósito y tras un pasillo salieron a un estacionamiento enorme a cielo abierto, la brisa helada que pasaba los hizo estremecerse y sentir que la noche estaba más oscura que nunca. Atravesaron las hileras de autos dormidos hasta encontrar una escalera de emergencia que se adhería a una inmensa pared de ladrillos picada de ventanas y respiraderos. Subieron trece pisos sin que crujiera un solo escalón de chapa, pisando los extremos con las puntas de las botas como les recomendó el persuasivo director desconocido. Recibieron la orden de detenerse y entrar por una ventana que, al contrario de las buenas costumbres, no estaba cerrojada.

            Al mirar el pasillo más de uno sintió que lo entendía todo. Cuando llegaron a la puerta indicada todos tenían la piel erizada por el presentimiento. Uno recibió la orden de sacar una llave del bolsillo de su chaleco. La contempló por un momento con sonrisa amarga, hasta que llegó el grito de la orden de usarla con máxima discreción para dar paso a la última etapa de la misión. Cualquier omisión que impidiera el éxito de la tarea significaría no la pena de muerte, sino la de hambre y sed en celdas solitarias por muchos años más, recordó la voz. En estricto silencio entraron a la oscuridad y siguieron el rastro de luz que salía de una puerta cerrada. Las voces que conversaban tras la puerta y que llegaban ensordinadas a sus oídos envueltos en cascos y auriculares les hicieron un nudo en la garganta. Llegó el grito de la orden de tirar la puerta abajo y entraron con gritos que parecían de guerra pero eran mucho más antiguos que la guerra, eran gritos de horror salvaje. Ante ellos, sentados a una mesa, bebiendo whisky y jugando a los naipes, estaban esos hombres con las mismas caras y tanto tiempo menos, tantos dientes más y tanta audacia sin domar todavía. Pese a que seguían oyendo la orden de disparar junto a amenazas escabrosas, ninguno pudo mover un dedo en los gatillos, mientras esos hombres jóvenes volcaban la mesa y se parapetaban tras ella, tomaban sus armas y apuntaban. Empezaron a recibir balazos que por efecto de los chalecos quedaban reducidos a leves empujones. Pero uno tuvo la idea y todos le siguieron: abrieron la coraza impenetrable y dejaron el camino abierto para que las balas que seguían lloviendo atravesaran la piel y destruyeran sus órganos. Para cuando uno pudo quitarse el casco porque quería morir en paz y no oyendo los gritos desorbitados del desconocido a través de los auriculares, todos habían caído y se desangraban a gran velocidad, mientras los jóvenes que habían defendido su vida como leones salían de las trincheras y se acercaban. Le vieron la cara al moribundo sin casco y sintieron algo extraño. El moribundo sonreía, no parecía feliz pero sí aliviado. “Gracias” balbuceó entre convulsiones. Le quitaron el casco a los demás y vomitaron del espanto ante la revelación.

En la cabina hubo aplausos. El hombre desconocido recibió la felicitación de sus superiores y preparó su discurso para las cámaras. La primera ejecución de la nueva ley penal fue un éxito rotundo.  

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Cómo amar sin poseer (plegaria a uno mismo)

¿Cómo amar sin poseer? ¿Cómo dar sin pretender que algo vuelva? Básicamente, viviendo como si fuera el último día sobre la tierra, amando como si fuera una despedida de la vida, jugando por la mera magia de jugar, y que no importe si ganás o perdés, porque lo importante es tan fugaz e intangible que siempre se está yendo, se quema, es como el fuego que lo es todo pero en el mismo acto de volverse nada, como un trampolín, una catarata, y vos amás como si te bañaras en la catarata, como si la navegaras en bote kamikaze o como si fueras la mismísima catarata que va hacia afuera para encontrarse en cada momento con el ser verdadero, es un acto de estar más presente que nunca, de estar todo ahí porque no hay garantías de mañana u otro día, y es verdad, no hay garantías, desde el momento en que te puede partir un rayo cuando salís a la calle o que me puedo atragantar con una tarta envenenada sin querer o queriendo y chau, cerrame la cuatro, como se dice ahora, cierra el casino y si no jugaste perdiste, amigo, así que si querés pensalo dos veces o tres antes de pedir otra carta o de bajar la palanca del tragamonedas, porque la dicha del amor es la del jugador empedernido hasta quedarse sin nada y de pronto tenerlo todo pero darse cuenta de que no vale nada si no se vuelve a volcar en la ola, en esa gran corriente de energía y mutaciones de la que nacimos y somos parte indisoluble, sí olvidable, nos podemos olvidar de todo esto y pretender que vivimos en algo así como una tierra firme, nos lo podemos creer toda la vida e incluso hacer equilibrio en ese botecito de papel y proclamar un continente hasta que se hunda, pero si en cambio aprendemos a nadar y a ser el agua que sos hasta fuera de toda metáfora, viste que somos 70% agua, entonces cómo no vamos a ser como el agua? Somos agua, somos líquido, somos la no forma por definición, nos adaptamos al medio o lo creamos nosotros en el acto de serlo, somos un petardo en el ojete de dios, somos niños dioses en un día de campo hasta volver a la escuela de la nada, entonces cómo amar sino como niños, con la impunidad de la libertad absoluta y con la confianza de mirar a los ojos, con la puerta abierta, como si fuera cada último día de tu vida. 
Pero ¿sabés qué? Amar como si fuera el último día del amor, de ese amor cual-es-quiera, como si estuvieras vos de viaje y el otra, la otro, les otres, también de viaje estuvieran y a destinos opuestos pero que se encontraron en ese nudito, en esa estación de trenes, aviones o cualquier plataforma que implique o no una valija pero sí más seguro un boleto, algo que te diga que es para allá y que vos estás buscando, entonces en el medio de ese ir hacia lo que estás buscando de pronto una mirada, un reconocimiento y un tocarse las manos, y eso es todo, en todo sentido, eso es todo, y cuando llegue el tren no colgarse, cada uno lo toma y si resulta que era el mismo tren qué risa che, bueno, ¿adónde vas vos, posta? Qué bueno, hay tiempo para jugar a las escondidas entre vagones, pero sabés que la moneda está cayendo desde algún lugar de la galaxia y del misterio del tiempo que te corre por la piel como la arena que sos y se deshace sin hacer tic tac sino haciendo tuc túc tuc túc y lo que quieras hacer con tu boleto de viaje de tiempo contado por reloj de sangre tenés que hacerlo ahora, es el momento, si te puedo ayudar qué dicha porque nada más lindo que verte llegar adonde querés ir, aunque no quede en el barrio adonde estoy yendo. Nuestro barrio será esa ínfima e íntima patria fugaz del abrazo en el momento que sepamos, que nos demos cuenta al mismo tiempo y sabiendo que nos estamos dando cuenta juntos.